La analia4 todavía guardaba cosas inútiles con entusiasmo.
No por necesidad.
Por cariño.
Que es una forma mucho más complicada de almacenamiento.
Guardaba un botón sin camisa.
Una dirección escrita en un papel que ya no llevaba a ninguna parte.
Una imagen descargada de una página que probablemente dejó de existir antes de que ella terminara el café.
Una frase.
Media frase.
La sombra de una frase.
Y un archivo llamado "guardar" dentro de una carpeta llamada "guardar" que a su vez estaba dentro de otra carpeta llamada "guardar".
La arqueología digital todavía no había logrado explicar semejante estructura.
La analia4 tampoco.
Pero confiaba.
Tenía una fe extraña en las cosas pequeñas.
Creía que algún día cada objeto perdido revelaría por qué había decidido quedarse.
Mientras tanto, los acumulaba.
No con avaricia.
Con esperanza.
A veces abría carpetas viejas.
Aparecían fotografías sin contexto.
Texturas.
Recortes.
Poemas inconclusos.
Y personas que ya no recordaba haber sido.
La analia4 no las borraba.
Las saludaba.
Como quien encuentra vecinos antiguos en un pueblo abandonado.
—Miren quiénes siguen acá.
Y seguía caminando.
Todavía no sabía que muchas de aquellas inutilidades serían las migas de pan que años después la ayudarían a encontrarse.
Por entonces solamente guardaba.
Guardaba porque sí.
Porque algo dentro suyo sospechaba que el futuro tendría mala memoria.
Y alguien debía hacer el trabajo sucio de recordar.
Aunque fuera una mujer despeinada con demasiadas carpetas y ninguna explicación convincente.
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